Por CLAUDIA TORRENS,
Associated Press
NUEVA YORK (AP) — Los nervios se apoderan de Joselin Marroquín-Torres cuando está frente a la juez de inmigración. Confundida y sin entender inglés, la salvadoreña escucha al intérprete de español que tiene a su lado, pero aun así se paraliza y se olvida de entregar su solicitud de asilo. Para su fortuna, el caso no se postergará: una mujer que conoció esa misma mañana se levanta en la sala y entrega los papeles a la magistrada. “Muchas gracias”, dice la juez Olivia Cassin, en el tribunal número ocho de la corte de inmigración del bajo Manhattan. “¿Cuál es su relación con Joselin?” “Soy una amiga”, responde la mujer. Amigos así no se encuentran todos los días. En varias ciudades de Estados Unidos, clérigos y voluntarios se dedican a acompañar a las cortes y oficinas de inmigración a extranjeros que viven ilegalmente en el país. De este modo, les ayudan a navegar a través de un intimidante sistema y tratan de asegurarse que sus derechos no sean violados por el gobierno de Donald Trump, quien ha hablado a favor de aumentar las deportaciones. Los voluntarios no son abogados ni expertos en leyes, pero se han convertido en una parte importante de la red de apoyo a extranjeros sin autorización para entrar al país. A pesar de que no ofrecen asesoría legal, a menudo traducen de inglés a español y avisan a las autoridades si la persona ha sido ignorada o si ha habido algún error en su caso. También tranquilizan al inmigrante en caso de que esté nervioso. “Ir solo o acompañado puede cambiar la decisión de un agente de inmigración o de un juez. En el sistema migratorio reina el criterio de quien te toque”, afirmó Kyle Barron, quien envía por correo electrónico los horarios de acompañamiento para la New Sanctuary Coalition de Nueva York desde hace cuatro años. Unos 150 voluntarios que integran esta organización se turnan para asistir a los inmigrantes, cifra que el grupo asegura que ha aumentado desde que Trump llegó a la presidencia. Los voluntarios son clérigos, feligreses, estudiantes de derecho o trabajadores ya jubilados —generalmente nacidos en Estados Unidos o naturalizados— que quieren hacer algo por los 11 millones de extranjeros que se encuentran en el país sin autorización. “A la gente (inmigrantes) no se les trata como seres humanos”, dijo Marisa Lohse, la voluntaria argentina de 66 años que asistió a Marroquín-Torres. “Yo quería ayudar. Esta es mi forma de darles un apoyo humano”, asegura Lohse, una química ya jubilada que está casada con un físico estadounidense retirado que también trabaja como voluntario para New Sanctuary. Ambos ofrecen sus servicios a quien lo necesite desde hace cuatro años. El contacto entre inmigrantes y acompañantes de New Sanctuary surge gracias al esfuerzo de activistas y abogados probono.
