Georgina Montalvo
Agencia Reforma
“El tener absoluto control de sus movimientos le permite ‘estrenar’ la autonomía total, por eso entra en una actividad frenética; es tan fascinante para ellos que no quieren descansar, quieren continuar en la experiencia extraordinaria de moverse y de ver objetos más lejanos, ir por ellos y tomarlos”, explica Carmen Guadalupe González Velázquez, jefa del Departamento de Detección y Diagnóstico del Centro de Estimulación Temprana y Atención Neuropsicológica.
Que mamá y papá tengan presente este acontecimiento es el punto de partida para que propicien una convivencia armoniosa, pues a partir de aquí se desata una serie de emociones y percepciones en el niño o la niña que los hace estar convencidos de que son el centro del mundo.
De hecho, decir “No” es otro rasgo de autonomía que el pequeño descubre a esta edad. Aunque se vea como un aparente desafío o resistencia a seguir órdenes, el niño se está diferenciando como persona de los demás.
“Si no disciplinas a tu hijo desde temprana edad seguramente crecerá con la idea de que todo el mundo debe cumplir sus deseos”, refiere la Guía Médica “Tu hijo: 0 a 10 años”, editada por Leto.
“Los padres deben saber también que esto no será para siempre, es una etapa que pasará, pues la fascinación por la movilidad dura hasta los 3 años. De ahí en adelante se entretendrá a ver las características de los objetos. Aunque su forma de desplazarse será igual o mejor, no tendrá una necesidad tan grande de moverse, porque si ve algo interesante se puede pasar las horas explorándolo, como escarbar un agujerito en la tierra”, asegura la psicóloga con maestría en Terapia Familiar.
Pero para llegar tranquilos a esa siguiente fase, es necesario que los padres aprendan a poner límites, que bien establecidos se convierten en una estructura para los pequeños y no una forma de coacción sin sentido.
“Por el interés de moverse, el niño no está muy de acuerdo en que se le limite, por cualquier limitación protesta porque para él es inconcebible que sus papás los quieran tener quietos”, abunda.
Fatídico berrinche
Que el hasta entonces adorable pequeño se tire a llorar para no dejar de hacer lo que lo tiene en éxtasis y que lo haga en un lugar público es generalmente el temor de los padres.
Quizá el berrinche no se pueda evitar, pero su duración y la recurrencia del niño o niña a él depende de la habilidad de los adultos para manejar las diferentes situaciones, considera González Velázquez.
“También es muy fácil tener a un niño malcriado en casa si le resuelves todo aún cuando ya sea capaz de realizar algunas tareas por sí mismo, como comer o vestirse por sí solo (…) si no pones límites, seguramente perderás autoridad”, se lee en la citada Guía.
Aunque creas que es más sencillo hallar una aguja en un pajar, como papá o mamá debes tener la suficiente serenidad para no enrolarte en una lucha de poder con el niño. Tu debes ser una figura de autoridad para tu hijo o hija, de eso no hay duda.
Esa actitud te permitirá tener la claridad suficiente para decir, en frases cortas, lo que quieres que haga o deje de hacer tu hijo.
Un ejemplo: Si tu hijo no quiere dejar de jugar y ya es la hora de comer, tu indicación será: “primero comemos y luego regresamos a jugar”. Es muy probable que el niño acceda pero con un semblante enojado, pero también que llore, patalee, se jaloneé o incluso te dé un manotazo.
Ante la impotencia, el niño recurrirá a todo su “repertorio” de formas de hacer berrinche para ver cuál es la que funciona para seguir jugando.
Aquí es cuando debe operar
habilidad para distinguir y elegir entre dos escenarios: si cedes al berrinche, el pequeño aprenderá que llorar, gritar y patalear son efectivos para conseguir lo que quiere; y si lo dejas hacer berrinche bajo la consigna de que no comerá sino hasta la cena, él experimentará hambre y en la siguiente ocasión, tras esa experiencia no grata, su negativa a dejar de jugar para ir a comer, será menos intensa hasta que le quede claro que esa es una rutina que debe seguir.
Cuando el evento se da en un sitio público, aconseja González Velázquez, papá y mamá deben actuar igual que en casa, sin importar cómo los vean otros adultos. En esta situación se requiere firmeza, pues en muchos padres la presión social hace que cedan al berrinche del niño.
Los compromisos
Muy importante es cumplir lo que se plantea en la negociación al niño o niña: si dices que después de comer puede volver a jugar, hay que hacerlo.
Ese compromiso cumplido será la cereza del pastel que representa que has salido bien librado de este evento y que tu hijo ha aprendido una lección benéfica para su desarrollo.
“No esperen a salir a un centro comercial o a una fiesta para educar, edúquenlos en casa”, recomienda González Velázquez.
De la misma manera, si se le dice al niño que no volverá a tomar alimento sino hasta la cena, hay que cumplirlo, pues el darle “una galletita porque ya tiene hambre” es echar la experiencia por la borda.
Si has intentado esto una y otra vez y tu niño o niña sigue demandando su autonomía a través de los berrinches, también debes considerar que se trata de un entrenamiento, tanto para el niño o niña como para ti, que puede llevar algunas semanas o meses.
A esa edad tu hijo o hija no pueden expresar sus peticiones, ni sus anhelos, ni la emoción tan grande que le representa el poderse mover, no lo puede explicar, por eso necesita de tu ayuda para aprender a lidiar con sus emociones.
Y si tu hijo se instala en conseguir todo con berrinches, tu y él sí vivirán unos “terribles 2”, pues ambos se frustrarán, él al descubrir que en general la vida no funciona así y tu por no poder manejar la situación.
“Si no los apoyamos y sólo nos resignamos a vivir esta etapa porque es ‘normal’, los dejamos estancados y socialmente se quedan en una etapa egocentrista que a futuro le perjudicará en el ambiente escolar donde las demandas son diferentes, y si no va equipado con la estructura que se le da en casa, tendrá muchos problemas para integrarse”, concluye González Velázquez.
