Dalila Carreño y Ana Belén Negrete
Agencia Reforma
MÉXICO, DF .- A menos que lo haya pedido expresamente, cuando se trate de consentir a mamá en su día evita regalarle una licuadora, un juego de sartenes, una aspiradora o cualquier utensilio o aparato que represente trabajo para ella en el hogar. La idea es celebrarla y hacerla sentir especial, no facilitarle las labores de la casa.
“A mí no me gusta que me regalen cacerolas o utensilios de cocina, nada que tenga que ver con el quehacer de la casa”, dice Ernestina Flores, madre de familia.
“Prefiero un perfume, ropa, unas cremas para la cara y el cuerpo, unos aretes, una mascada o un suéter”.
Alejandra González explica que lo más bonito que le ha tocado ha sido recibir pequeños detalles hechos por su hijo de ocho años.
“Lo ideal es que sea algo para ti, que reconozca tu trabajo como mamá, algo que tenga un valor sentimental más que económico, por ejemplo una foto tuya y de tu bebé enmarcada”, apunta González. “Mi hijo me ha regalado dibujos, manualidades o manteles pintados con acuarela, y eso para mí es lo más hermoso”.
Y es que lo importante es el detalle más que el regalo, señala Mercedes Cano.
“Me gusta que se acuerden de que es tu cumpleaños, o el Día de la Madre, o Navidad, que te sientas importante ese día”, dice.
“El peor regalo que me han hecho es no darme nada. Cuando no me han dado nada, me dan ganas de matarlos. Aunque sea feo, pero que me lo regalen”. Si se le va a regalar algún aparato electrodoméstico, lo mejor es que eso suceda cuando la propia mamá lo pide, afirma Alejandra González.
Sin embargo, para algunas madres no todos los electrodomésticos son iguales, y hay algunos que sí merecen la pena.
“La plancha sí es ofensiva, la puedes comprar cuando vas al súper, es un regalo como para salir del paso. En cambio un refrigerador implica un esfuerzo”, puntualiza Dorita Rodríguez.
Además de haber recibido presentes que no les gustan, las ahora madres reconocen que ellas también pasaron por la experiencia de dar el obsequio equivocado. “Lo peor que regalé a mi mamá fueron unos botecitos como de cocina. Hasta me dijo ‘aaassh’”, recuerda Mercedes González.
Dorita Rodríguez rememora qué le regalaba a su madre de niña.
“Le comprábamos en el mercado unos aretitos con forma de ratita que costaban un peso o cincuenta centavos. Mi mamá se los ponía ese día y luego desaparecían”, recuerda.
