Jorge Ramos
Columnista
El presidente Barack Obama lleva cuatro semanas seguidas hablando de migración. Está usando su capital político tras la captura de Osama bin Laden para buscar la legalización de indocumentados y su reelección en el 2012.
Las dos cosas están ligadas. Nadie puede llegar a la Casa Blanca sin el voto de los latinos. Ni Obama, ni nadie. Esta es la nueva regla de la política en Estados Unidos.
Y si bien es cierto que el tema migratorio no es el más importante para los latinos (según las encuestas, primero están educación, trabajos y salud) el apoyo a los inmigrantes es fundamental para ganar votos hispanos.
Es cierto que Obama, como todos los presidentes demócratas que le han precedido, puede ganar fácilmente el voto hispano en el 2012. Pero no se debe dar por un hecho. ¿Podría 2012 ser el año en que los republicanos obtengan suficientes votos hispanos para impedir que se reelija un demócrata? Es totalmente posible – por eso los dos partidos políticos nos están tratando de enamorar. Otra vez.
En lo relativo a la inmigración, Obama ha tratado de colaborar con los republicanos. Durante los dos primeros años de su presidencia, aumentó el número de agentes de inmigración a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México hasta llegar a unos 20,000 y deportó aproximadamente 800,000 residentes indocumentados – más que cualquier otro presidente. Sin embargo, como dijo en un discurso en El Paso, el 10 de mayo, todavía no ha logrado que los republicanos apoyen un acuerdo sobre la reforma. “Todo lo que han pedido, lo he hecho”, dijo Obama. “Nunca estarán satisfechos”.
Obama tiene razón al culpar a los republicanos por obstaculizar los esfuerzos para reformar el sistema de inmigración de la nación.
Los republicanos, por su parte, culpan al Presidente Obama por no haber cumplido su promesa de campaña de presentar una propuesta de reforma migratoria durante su primer año de administración. Señalan que cuando los demócratas controlaban ambas cámaras del Congreso, después de las elecciones del 2008, no pusieron a votación una iniciativa de reforma migratoria y prefirieron, en cambio, enfocarse en una reforma de salud.
Los republicanos también acusan al presidente y a su partido de utilizar el tema inmigratorio con fines políticos. Su argumento: ¿Para qué presionar tanto ahora por la reforma migratoria? ¿Por qué insistir en que la Ley de Desarrollo, Ayuda y Educación de Menores Extranjeros (el Dream Act, que sería un paso a la ciudadanía para las personas que llegaron a Estados Unidos ilegalmente cuando eran menores de edad) sea aprobada ahora, cuando todos saben que no hay los votos necesarios para su aprobación?
Los hispanos y los inmigrantes estamos en medio del ping-pong político entre Demócratas y Republicanos. Los partidos se acusan mutuamente por la falta de acción en la cuestión migratoria. Y mientras, millones viven en la oscuridad, con miedo a ser perseguidos y deportados en el que se supone es el país modelo de la libertad y justicia.
Está claro que no habrá una reforma migratoria en los próximos dos años. El Dream Act, que se ha vuelto introducir en el Senado, no cuenta por ahora con los 60 votos necesarios para sobrevivir.
Quizá, como me dijo el congresista demócrato Luis Gutierrez en una entrevista reciente, “el tiempo de legislar se acabó”. Gutierrez ha pedido al Presidente Obama que utilice su autoridad presidencial para detener las deportaciones que separan a familias.
Tarde o temprano habrá una reforma migratoria porque eso es lo que quieren los votantes hispanos. Más de 12 millones de latinos podrían decidir la elección presidencial del próximo año. Y la que sigue. Y la que sigue.
