Jorge Ramos
CIUDAD DE MÉXICO — En sólo unos días, nuestro mundo se volteó al revés. La epidemia de influenza A H1N1 nos hace sospechar hasta de la gente que más queremos. Lo que era normal, ya no lo es. Y actuar como antes puede ser mortal. Los otros, de pronto, se convirtieron en una amenaza. Un simple anuncio del gobierno un jueves por la noche convirtió a los 20 millones de habitantes de esta ciudad en mis posibles y anónimos torturadores. Y yo me convertí en su verdugo potencial. ¿Las armas? Una tos o un estornudo. Esa noche el gobierno nos avisó que una epidemia de un virus desconocido azotaba a México y el miedo se nos coló por los ojos, la boca y los oídos. A partir de ese momento, todo cambió. Los mexicanos, que decimos tanto con las manos, las escondimos. Evitamos tocarnos. No más besos para saludar. Ni abrazos con tres palmaditas en la espalda. Ni apapachos ni susurros. El mensaje, cargado de pánico, era: el que toca o se deja tocar, se muere. Con esto gana el libro y la tele, y pierde el cine y la cena. Y cambió nuestra forma de querer. Amar ya no es tocar y besar. Amar es estar lejos, evitar el contacto. Porque te quiero, no te toco. Para protegerte, me alejo. Cuando me presentaron al doctor Julio Frenk, me quité el tapabocas como señal de respeto. (Frenk es el decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard y fue secretario de Salud de México.) Pero ninguno de los dos hizo el menor intento por estrecharnos las manos, recién lavadas y talladas con jabón. “Este era un evento ampliamente esperado”, me dijo Frenk. “La última pandemia que hubo fue en los años 1960. Entonces ya habían pasado suficientes años como para que surgiera un nuevo virus que se empezara a transmitir. Lo que nadie sabía era cuando y donde iba a empezar”. Y no sabemos todavía si esta pandemia anunciada tuvo su origen en México. Pero lo que sí sabemos es que aquí empezó a matar. El primer caso documentado se dio en la población veracruzana de La Gloria. Ahí, un niño de cinco años que sobrevivió a la enfermedad — Edgar Hernández — es conocido como el “Paciente Cero”. El diario The New York Times reportó que Edgar, al igual que muchos otros habitantes de La Gloria, mostraron los primeros síntomas de influenza el pasado 9 de marzo. Desde luego que el gobierno del presidente Felipe Calderón no estaba preparado. Estaba totalmente inmerso en la lucha contra los narcos y en la crisis económica. No vio venir los gérmenes. No había, ni siquiera, laboratorios dentro de México con la tecnología para identificarlos. Y cuando vino la confirmación del extranjero, ya era demasiado tarde. Luego vino el baile de las cifras. Primero reportaron 152 muertos y más de 2,000 infectados por el virus. Pero luego, como por arte de magia y de un día a otro, bajaron los números a un puñado. ¿Dónde quedaron los otros enfermos? La aritmética no sale. Parecía que maquillaban la epidemia. Las explicaciones oficiales por esta desaparición de muertos e infectados por el virus sólo crearon más confusión e incertidumbre. Lo primero que se ha ido con esta epidemia es la confianza en el otro. La duda te puede salvar la vida y la credulidad te puede hundir. “Esto no va a durar para siempre”, me comentó Frenk, antes de despedirse, subiendo su palma derecha a la distancia. “En unos meses se tendrá una vacuna”. Pero mientras llega la vacuna que nos regrese a la normalidad, tendremos que acostumbrarnos a amar — de lejitos — en los tiempos del flu.
