Esther cepeda
Columnista
El vicepresidente Biden pidió a los vicegobernadores, la semana pasada, que incrementaran el número de graduados universitarios en sus estados en un 50 por ciento, a fin de crear por lo menos 8 millones adicionales de graduados para fines de la década.
Ése, expresó Biden, es el pre-requisito necesario para lograr el objetivo del presidente Obama de que Estados Unidos cuente con “la fuerza laboral mejor educada y la mayor proporción de graduados universitarios en el mundo en 2020”.
En su discurso sobre el Estado de la Unión, hace dos meses, Obama expresó que Estados Unidos puede “ganar el futuro”, al menos en parte, al aumentar la capacidad de nuestro país para “competir por puestos de trabajo e industrias de nuestros tiempos … para ganarle al resto del mundo en innovación, educación, y construcción”.
No hay duda de que necesitamos que un mayor número de estudiantes cruce la línea final en la educación universitaria que emprendan. Pero este esfuerzo en particular, como parte del plan mayor para crear una fuerza laboral mejor educada, es demasiado impreciso.
Comencemos con el objetivo de crear por lo menos 8 millones adicionales de graduados para 2020. ¿Graduados en qué?
Lamentablemente, los estudiantes de secundaria de hoy en día están constantemente persuadidos de que la única razón para ir a la universidad es “obtener un buen trabajo”, casi sin considerar la aparentemente arcana idea de que uno va a obtener conocimientos –quizás hasta ilustración– y a practicar el pensamiento crítico. Se trata el diploma universitario como algo parecido a una certificación de capacitación laboral. Pocas veces se les pregunta a los estudiantes qué tipo de estilo de vida, satisfacción emocional o desafío intelectual desean alcanzar en una carrera.
Según el Departamento de Educación de Estados Unidos, un escaso 49 por ciento de todos los estudiantes que comienzan estudios universitarios los completa en seis años. Un quince por ciento tarda más y un 36 por ciento los abandona completamente.
Sin embargo, cuando se alienta a los estudiantes a emprender y terminar los estudios universitarios para asegurar un futuro económico –sin énfasis en qué estudios rendirán más a largo plazo– éstos corren el riesgo de graduarse con pesadas deudas estudiantiles y diplomas que ofrecen pocas oportunidades para saldar esas deudas. Los estudiantes que son los primeros en su familia en asistir a la universidad son los que corren más riesgos de no conseguir ese boleto a “un buen puesto de trabajo”, si no prestan atención a este detalle. Sin duda, ésta no es la intención de la Casa Blanca.
Si el gobierno federal va a invertir más dinero en el aumento de las tasas de graduación universitaria para el propósito de aumentar la competitividad en la fuerza laboral global, ¿por qué no colocar un explícito énfasis en las áreas de estudio Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática? Éstas son las disciplinas académicas y profesionales que pueden situar al país en la mejor posición para crear innovadores y empresarios que podrán ganar al resto del mundo en “construir”.
Pero aún si los limitados recursos federales no se utilizan en forma tal que refuercen dos políticas al mismo tiempo, los objetivos de finalización de los estudios universitarios deben ser más precisos, deben apoyar más políticas abarcadoras, y deben ser ejecutados tratando de mitigar la mayor cantidad posible de consecuencias negativas. Después de todo, los resultados educativos mensurables serán sólo tan positivos como los objetivos que se intenten alcanzar.
Esther J. Cepeda: estherjcepeda@washpost.com.
