Esther Cepeda
Columnista
Cuando uno vive en un distrito escolar en que el 64 por ciento de los estudiantes proviene de hogares de bajos ingresos y se han reducido los presupuestos a muerte, toda comunicación escolar oficial tiene el poder de arruinarle a uno el día.
Así fue cuando leí una carta de la escuela de mi hijo menor informándonos que el año que viene tendremos un nuevo director. La carta nos llegó hace unas semanas, pero sólo ahora, en los últimos días de este año electivo, ha pasado a ser una realidad angustiante.
Nuestro actual director es uno de los mejores que he tenido el placer de conocer y, de lejos, uno de los mejores en nuestra comunidad. Y aunque su traslado es causa de celebración –lo han promovido y no se está yendo del distrito– es una pérdida dolorosa para nuestro barrio. Dolorosa pero no sorprendente. Nuestros líderes escolares van y vienen todo el tiempo.
Con los directores, es muy diferente ahora de cuando yo era niña, o incluso de cuando empecé mi carrera pedagógica. En aquel entonces, los directores generalmente sólo ascendían al tope de su carrera después de trabajar en las aulas de la misma escuela durante décadas. Ascendían la escalera de maestros a directores y después se quedaban en esa función hasta que se jubilaban.
Pero ya no. Hoy en día, los directores generalmente entran en el espinoso espacio entre la educación y la administración tras sólo unos pocos años en el aula, aunque eso, en realidad, no es tan malo como parece.
Los directores nuevos hoy en día son más jóvenes, más diversos, tienen títulos y capacitación de post grado en sofisticadas técnicas y análisis de datos. La mayor parte de su instrucción versa en el arte del “liderazgo pedagógico”, que básicamente significa poder implementar programas para satisfacer los requisitos de la ley Que Ningún Niño Quede Atrás, cuyo objetivo es cerrar la brecha de logros académicos, especialmente entre minorías, estudiantes de educación especial y de la lengua inglesa.
El problema es que estos directores generalmente no permanecen mucho tiempo en sus puestos y, a diferencia del tema ya familiar del recambio de maestros, el estudio de su duración e impacto está aún en pañales.
Según “First-Year Principals in Urban School Districts” (Directores en su primer año en escuelas de distritos urbanos), un informe recientemente publicado por la RAND Education Corp., más de un quinto de los directores en su primer año abandonarán sus escuelas después de uno o dos años en el puesto.
Aquellos asignados a una escuela que no está realizando progreso anual (AYP, siglas en inglés) antes de su llegada tienen más probabilidades de irse después de un año que los que comienzan en escuelas que se inician o escuelas que ya están realizando progreso anual. Cuando se van, los logros estudiantiles tienden a estancarse o declinar durante el año siguiente.
Los directores exitosos generalmente han tenido experiencia como subdirectores y comparten la filosofía pedagógica y la cultura de su nueva escuela. Florecen al contratar personal bien calificado y al trabajar en estrecho contacto con éste, con los estudiantes y con sus padres.
Ésa es la descripción perfecta del maravilloso director que nos abandona, y tuvimos mucha suerte en contar con él durante tanto tiempo.
Pero como muchas otras escuelas de bajos ingresos, el vaivén es la modalidad corriente en nuestro distrito. Sólo en los últimos cinco años, hemos visto el recambio de superintendentes del distrito, directores e innumerables maestros.
Como veintenas de otras familias sin otra opción que contentarnos con lo que nuestras escuelas públicas nos proporcionen, esperamos que todo ande lo mejor posible mientras soportamos la puerta giratoria de maestros y directores.
