Todos sabemos que nosotros, los hispanos que vivimos en Seattle, venimos desde muy lejos.
Bueno, nadie viene desde tan lejos, como nuestros hermanos del Uruguay.
Uruguay, pequeño pero notable, país encantador, que alguna vez visité.
El fútbol define en mucho a los hombres que vienen de esa tierra, y ahora en ésta, donde vivimos, tenemos la alegría de enriquecer nuestro fútbol, con ellos.
Porque por una parte está Álvaro Fernández, el espigado volante que con 60 minutos de fútbol ya dejó una huella.
Pero no viene solo “el flaco”, con él comienzan a aparecer, desde las sombras de nuestra latinidad en tierra extraña, otros más, amantes del fútbol como el, como nosotros.
Son los aficionados uruguayos, que ya se empiezan a ver en el estadio, buscando al suyo, reviviendo con él su pasión por el deporte con el que crecimos todos.
Es posible que la mayoría de nosotros guardemos en la cabeza recuerdos de fútbol que conecten con el Uruguay.
Los míos, los imborrables, de cuando era muy niño, son dos:
Uno, Mazurkiewicz, (Ladislao se llamaba), el portero que desde una tele en blanco y negro, me hizo dar ganas de pedirle a mi padre, que me comprara unos guantes. Yo quería atajar como él.
El segundo, llegó el primer día que me llevaron al estadio a ver un partido de la Copa Libertadores; fui a conocer al poderoso Sao Paulo del Brasil, enfrentando el equipo de mi ciudad.
Pero el nombre que se me quedó grabado por siempre desde esa tarde, no fue el de un brasileño, fue el de un uruguayo, de fútbol exquisito y espectacular, a quien le decían “el maestro”.
Se llamaba Pedro Rocha.
Nuestro fútbol, ese fútbol inmigrante y multicolor, tiene ahora también un tono celeste, como el cielo en Montevideo, donde celeste, significa, fútbol.
Bienvenidos sean, los hermanos de la República Oriental del Uruguay.
JRP
