Los Orientales han llegado a nuestro fútbol

Jorge Rivera – Hablemos Fútbol

Es natural que muchos piensen que este relato hablará del Japón, quizás de la China, pero no, hablará de algo mucho más cercano, cercano sobre todo a nuestro corazón de latinos.

Todos sabemos que América, nuestro continente, es grande, y sabemos también que nosotros, los latinos que vivimos en Seattle, venimos desde muy lejos.

Bueno, nadie viene desde tan lejos, como nuestros hermanos del Uruguay.

Enclavada en esa esquina del Rio de la Plata donde pareciera terminarse América, queda el país de donde vinieron las milongas de Zitarrosa, los poemas de Benedetti y los relatos de Galeano.

Uruguay, pequeño pero notable, país encantador.

Quien escribe acumuló pocos recuerdos en su breve visita, hace más de diez años, pero bonitos recuerdos, en verdad: los pequeños aviones atravesando el río, la delicia del bife de chorizo, las playas de Maldonado y, hombre de prensa que soy, los poderosos Clasificados de El Gallito, invento e ingenio del diario “El País”, por aquellas épocas

El fútbol define en mucho a los hombres que vienen de esa tierra, y ahora en ésta, en Seattle, tenemos la alegría de enriquecer nuestro fútbol, con ellos.

Porque son más de uno; es cierto que al equipo de esta esquina del mundo se unió hace dos semanas “el flaco”, el elegante y espigado volante, Álvaro Fernández, que con 60 minutos de fútbol ya dejó una huella, y despertó el hambre de magia, de goles, que su estilo promete llenar.

Pero no viene solo el flaco, con el comienzan a aparecer, desde las sombras de nuestra latinidad en tierra extraña, otros más, orientales, amantes del fútbol como el, como nosotros.

Son los aficionados uruguayos, que comienzan aparecer en el estadio buscando al suyo, reviviendo gracias a el, su pasión por el deporte con el que crecimos todos.

Es posible que la mayoría de nosotros guardemos en la cabeza recuerdos de fútbol que conecten con el Uruguay.

Los míos, simples pero indelebles, son dos:

Uno, Mazurkiewicz, (Ladislao se llamaba), el portero que desde una tele en blanco y negro, me hizo dar ganas de pedirle a mi padre que me comprara unos guantes, yo quería tapar como él.

El segundo, llegó el primer día que me llevaron al estadio a ver un partido de la Copa Libertadores; fui a conocer al poderoso Sao Paulo del Brasil, enfrentando el equipo de mi ciudad.

Pero el nombre que se me quedó grabado por siempre desde esa tarde, no fue el de un brasileño, fue el de un uruguayo, de fútbol exquisito y espectacular, a quien desde ese momento entendí por qué le decían “el maestro”.

Se llamaba Pedro Rocha.

Nuestro fútbol, ese fútbol inmigrante y multicolor, tiene ahora también un tono celeste, como el cielo en Montevideo, donde celeste, significa, fútbol.

Bienvenidos sean, los hermanos de la República Oriental del Uruguay.

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